Hay días en los que siento que vivo entre dos mundos. Por la mañana acompaño a emprendedores que buscan sacar adelante sus proyectos; por la tarde entro a un salón de clases para conversar con estudiantes universitarios sobre emprendimiento, innovación y desarrollo.
Durante mucho tiempo pensé que esas eran dos actividades distintas. Hoy estoy convencida de que forman parte del mismo propósito.
Cuando comencé a impartir clases, creía que mi responsabilidad era enseñar metodologías, herramientas y modelos de negocio. Con el tiempo entendí que eso era apenas una parte del camino. Mi verdadera tarea consiste en formar personas capaces de mirar su entorno con curiosidad, sensibilidad y compromiso; personas que comprendan que emprender no significa únicamente crear una empresa, sino identificar necesidades, construir soluciones y generar valor para los demás.
Esa convicción no nació dentro del aula. Ha sido el resultado de caminar junto a emprendedores que enfrentan desafíos cotidianos: mujeres y hombres que buscan generar ingresos para sus familias, fortalecer la economía de sus comunidades y construir oportunidades allí donde muchas veces solo parecen existir carencias.
Cada historia que escucho en el territorio termina encontrando un lugar en mis clases. Cuando un estudiante pregunta para qué sirve una herramienta de innovación, pienso en la emprendedora que descubrió una nueva forma de comercializar sus productos gracias a WhatsApp Business. Cuando hablamos de propuestas de valor, recuerdo a quienes transformaron un oficio heredado en una oportunidad para dignificar el trabajo de toda una comunidad. Cuando discutimos sobre liderazgo, pienso en quienes decidieron emprender no solo para mejorar su economía, sino también para abrir camino a otras personas.
Es entonces cuando comprendo que el mejor puente entre la teoría y la práctica siempre serán las personas.
Paulo Freire afirmaba que «la educación no transforma el mundo; transforma a las personas que van a transformar el mundo». Esa idea ha acompañado profundamente mi manera de entender la docencia. Más que transmitir conocimientos, busco que el aula sea un espacio donde los estudiantes desarrollen una mirada crítica sobre su realidad y descubran que ellos también pueden convertirse en agentes de cambio.
Fue precisamente el trabajo en proyectos de economía social el que transformó mi manera de enseñar. Al acompañar cooperativas, emprendimientos comunitarios y pequeñas iniciativas productivas comprendí que innovar no siempre significa desarrollar una nueva tecnología o crear la siguiente gran aplicación. Muchas veces innovar consiste en escuchar mejor, colaborar más, aprovechar los recursos disponibles y encontrar nuevas formas de responder a necesidades que durante años permanecieron invisibles.
La economía social me permitió entender que otra forma de hacer economía no solo es posible, sino necesaria. También me enseñó que su mayor fortaleza no radica únicamente en impulsar emprendimientos con impacto, sino en ofrecer una manera distinta de comprender el desarrollo: una donde las personas, las comunidades y el bien común ocupan el centro de las decisiones.
Esa perspectiva ha transformado también las conversaciones dentro del aula. Las preguntas dejan de ser solamente ¿cómo hago rentable mi negocio? y comienzan a convertirse en otras igual de importantes: ¿qué problema quiero resolver?, ¿a quién estoy beneficiando?, ¿qué impacto quiero generar en mi comunidad?, ¿qué tipo de desarrollo quiero promover?
Estoy convencida de que esas preguntas son, por sí mismas, una forma de innovación.
También he aprendido que enseñar exige escuchar. Cada grupo de estudiantes me reta a replantear ejemplos, actualizar herramientas y cuestionar mis propias certezas. Del mismo modo, cada emprendedor con quien colaboro me recuerda que detrás de cada proyecto existe una historia que merece ser comprendida antes de intentar ofrecer respuestas.
Ese intercambio constante entre el territorio y el aula ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida profesional. Me ha permitido descubrir que la economía social no solo se aprende; se vive. Y cuando se vive en el territorio, transforma inevitablemente la manera en que enseñamos, aprendemos y entendemos el desarrollo.
Con frecuencia pensamos que las universidades forman únicamente profesionistas. Yo creo que forman mucho más que eso. Forman a las personas que, desde distintos espacios, tomarán decisiones capaces de transformar la vida de otras personas: empresarios, docentes, servidores públicos, investigadores, consultores o líderes comunitarios.
Por eso considero que sembrar economía social en las aulas no significa únicamente incorporar un tema más a los planes de estudio. Significa formar jóvenes que comprendan que toda decisión económica tiene consecuencias sociales y que el desarrollo también puede construirse desde la cooperación, la solidaridad y el compromiso con el bien común.
Quizá muchos de ellos nunca funden una empresa social. Tal vez trabajen en una empresa privada, en una institución pública, en una organización civil o en la academia. Sin embargo, cualquiera que sea el camino que elijan, tendrán la oportunidad de decidir qué tipo de economía quieren impulsar y qué impacto desean generar en las personas y en el territorio.
Cada semestre termino mis clases con la esperanza de que alguno de esos estudiantes recuerde, años después, que emprender también es una forma de servir. Pero, sobre todo, espero que recuerde que el conocimiento adquiere verdadero sentido cuando se pone al servicio de los demás.
Estoy convencida de que incorporar economía social a la formación universitaria es abrir la puerta a una manera diferente de comprender el mundo. Es formar profesionales que entiendan que la cooperación puede ser tan valiosa como la competencia; que el éxito también puede medirse por el bienestar colectivo y que la innovación alcanza su mayor sentido cuando contribuye a mejorar la vida de las personas.
Porque las comunidades que soñamos mañana comienzan a construirse en las aulas que habitamos hoy. Y quizá la transformación más importante no sea la que cambia un mercado, sino la que inspira a una generación a comprender que otra forma de hacer economía es posible cuando ponemos a las personas y al bien común en el centro de nuestras decisiones.

