El 2 de noviembre de 2011 un grupo de estudiantes de Harvard publicó una carta escrita a su profesor de economía explicando los motivos por los que decidieron abandonar su clase: «hoy nos estamos saliendo de su clase, debido al sesgo inherente a este curso (…) que adopta una determinada y limitada visión de la ciencia económica, que perpetúa (…) la desigualdad económica en nuestra sociedad«.
Este docente ejerció de presidente del Consejo Nacional de Asesores Económicos de Bush y es el autor de los manuales “Principios de Economía” o “Macroeconomía”, reconocidos por los estudiantes de las facultades de ciencias económicas. Estamos hablando de Gregory Mankiw. En la respuesta que dio por escrito a sus alumnos no dudó en usar un tono paternalista y en hacer las veces de portavoz de la mayoría de sus compañeros al afirmar que, prácticamente todos los economistas, piensan que la economía no está cargada de ideología. Resulta admirable su capacidad para afirmar que no hay ideología sin que se le escape la risa.
Juan Ogáyar, que está realizando un periodo de prácticas extracurriculares en la asociación Oikocredit Sevilla, es estudiante de último curso del grado de economía. Él cree, y nos explicará, a lo largo de este texto, que existen motivos para creer lo contrario. En clase leí el siguiente texto, extracto de un manual de Principios de Economía. «Si quienes necesitan un riñón pudieran comprarlo a quienes tienen dos, el precio aumentaría hasta alcanzar el equilibrio entre oferta y demanda. Los vendedores estarían mejor con dinero extra en sus bolsillos y los compradores estarían mejor con el órgano». Lo único que se me ocurre añadir a continuación es la célebre frase del exministro de economía de Aznar, Rodrigo Rato: “Es el mercado, amigo”.
Los economistas hacen trampas, disfrazan sus supuestos de leyes naturales, como la ley de la oferta y la demanda. O como la idea que considera al ser humano como si solo fuera un agente racional, un homo economicus, que es egoísta por naturaleza y solo busca maximizar sus beneficios, sin sentimientos ni valores morales que, además obvia las relaciones con el medio ambiente y olvida que dependemos de él. Hemos perdido, o más bien nos han enseñado a perder, nuestra dependencia de la naturaleza y hemos olvidado que nosotros como humanos también somos naturaleza. Nos enseñan a perder la conciencia de nosotros mismos y ni nos enteramos.
Yo no estudié un grado de economía, aunque sí varias asignaturas. Tuve la suerte de que dos de ellas, las impartió una gran persona y economista que, sin duda, nos hacía reflexionar a las estudiantes sobre la ética en la economía. Eso sí, nunca mencionó la economía social y solidaria en sus clases de macroeconomía. Me atrevo a decir que mi profesor estaría de acuerdo con las reflexiones que comparte Juan, quien, me asegura que “si comienzas el grado en la universidad con la expectativa de aprender una economía con un enfoque más humanista o alternativo, verás esa ilusión puesta a prueba al recibir indiferencia, molestia o incluso sorna por parte de buena parte del profesorado en cuanto cuestionas la más mínima cosa que se salga de la ortodoxia de su temario”.
Ni hablemos, entonces, de alguna mención a la mera existencia de una economía social y solidaria u formas diferentes de hacer y entender la economía como el cooperativismo, las finanzas éticas, el comercio justo, las monedas complementarias, etc. “No vaya a ser que hablar sobre ello inspire a alguien a considerar posibilidades que previamente no había contemplado. Abandona la esperanza de que se mencionen las diferencias entre valor de uso y valor de cambio. Todos los economistas sabemos que es imposible que pueda existir un criterio para tomar decisiones que pese más que el económico. Herejía”, ironiza Juan.
Estoy de acuerdo con él en que, en la Universidad, muchas veces se confunde aprobar, y enseñar una serie de conceptos e ideas, con aprender y pensar por cuenta propia. ¡Cuántos profesores se limitaban a dictar el temario que llevaban repitiendo desde antes que yo naciera! Nunca se me olvidará que uno de ellos, un señor a punto de jubilarse, se quedó dormido mientras distaba su clase de Ciencia Política II. Respecto a su paso universitario, Juan asevera ”la universidad acaba reduciendo la economía a una serie de tareas que, al ser dominadas, te permiten avanzar de curso a la vez que te crea una falsa impresión de estar aprendiendo realmente esta disciplina.”
¿A qué se debe la rigidez ideológica en la economía? Quizás tenga que ver los criterios de evaluación de las publicaciones de investigación. ¿Qué temas vemos en estas revistas? ¿Existe diversidad o más bien se mantiene el statu quo?
El Sistema que opera en las publicaciones de investigación genera un incentivo perverso que incita a relegar ciertos temas en favor de otros. Resulta realmente asombroso que durante toda la carrera no se preste atención a algo tan crucial como la ética. Los pocos casos de profesores que crean un mínimo espacio para ella, deciden hacerlo a título personal, sacrificando contenido del plan de estudios. El discurso individualista es el predominante, está profundamente arraigado y no encuentra oposición. No sorprende entonces que haya estudiantes que, sin ningún reparo e incluso con orgullo, afirmen ser egoístas y no preocuparse en absoluto por las consecuencias negativas derivadas de sus acciones.
Nos encontramos en un contexto crítico como sociedad, enfrentando desafíos monumentales como el cambio climático, el aumento del individualismo, la desigualdad y la pobreza, etc. Tanto Juan, a quien agradezco enormemente haberse involucrado en darnos su visión y aportado sus reflexiones, como yo, estamos convencidos de que cualquier transformación significativa debe considerar la economía social y solidaria – en toda su diversidad-, ya que ofrece soluciones concretas a estos desafíos. Soluciones que, no se nos olvide, ponen a las personas y su desarrollo, en el centro.
Es fundamental que en los grados de las facultades de ciencias económicas se lleven a cabo cambios profundos que dejen atrás la rigidez ideológica y consideren otras posibilidades, siendo un reflejo real de la sociedad. Porque estas posibilidades existen, no se trata de una teoría académica. Las Universidades desempeñan un papel de responsabilidad crucial, y están en la obligación de hacer llegar a sus estudiantes visiones y realidades alternativas que nos permitan hacer frente a los desafíos societarios, locales, nacionales e internacionales. ¿Para qué existe la Universidad si no es para alimentar el pensamiento crítico de la sociedad?

