Ver The Odyssey de Christopher Nolan ha sido una buena excusa para volver a Homero y reencontrarnos con una historia que, siglos después, sigue planteándonos preguntas sobre cómo afrontamos la incertidumbre y elegimos nuestro rumbo. Y quizá por deformación profesional no tardamos mucho en encontrar paralelismos con otro viaje menos épico pero presente en nuestro trabajo: el de la medición y gestión del impacto.
Medir impacto supone preguntarnos qué cambios queremos contribuir a generar, recoger evidencias sobre lo que está ocurriendo y, sobre todo, utilizar esa información para aprender y tomar mejores decisiones. Para las organizaciones de la Economía Social y Solidaria (ESS), que actúan precisamente con una voluntad explícita de transformación social o territorial, la cuestión es especialmente relevante. Necesitamos entender qué está cambiando, para quién, por qué y qué podemos hacer mejor.
Y entonces, ¿cómo conseguimos que la medición sea un instrumento de navegación y no un mero ejercicio de rendición de cuentas? Encontrar la respuesta puede convertirse en un viaje casi tan complejo como la Odisea.
Conquistar Troya no significa haber llegado a Ítaca
La tradición épica atribuye a Odiseo el ardid del caballo de Troya, la estratagema que pone fin a una guerra interminable. En una escala más modesta una organización puede experimentar cierta sensación de victoria cuando termina de construir su Teoría del Cambio. Después de muchas conversaciones, post-its y preguntas difíciles, por fin tenemos un marco que conecta lo que hacemos con los cambios que esperamos generar, explicitando cómo creemos que nuestras actividades pueden contribuir a ellos y qué condiciones tienen que darse para que ese cambio sea posible.
Pero conquistar Troya no es llegar a Ítaca. Una Teoría del Cambio es una hipótesis sobre cómo esperamos que ocurra el cambio, no una profecía. El verdadero viaje comienza cuando el mapa se pone a prueba frente a la realidad y en sus aguas inciertas
Polifemo o el riesgo de mirar el impacto con un solo ojo
Tener nuestra propia hoja de ruta no implica que seamos los únicos que deciden qué merece la pena observar. Las organizaciones trabajan dentro de ecosistemas donde financiadores, administraciones y otros actores tienen sus propias necesidades de información. Y, con frecuencia, eso implica responder a KPIs definidos externamente. Aquí aparece nuestro Polifemo particular, es decir, el riesgo de terminar mirando nuestro impacto únicamente con el ojo de la rendición de cuentas externa, una cuestión sobre la que ya reflexionamos en un artículo anterior.
Datos sobre participación, tipología de actividades, número de personas atendidas pueden ser necesarios y legítimos. Sin embargo, no pueden convertirse en todo nuestro sistema de medición. Por eso, necesitamos conservar un espacio propio de medición conectado con nuestra Teoría del Cambio y con las preguntas que necesitamos responder para gestionar mejor. A veces, dos o tres preguntas bien elegidas pueden enseñarnos mucho. Para una organización de la ESS, conservar ese espacio significa además mantener la capacidad de definir colectivamente qué entiende por éxito.
Las sirenas de los datos
Una vez conservada nuestra autonomía de medición puede aparecer la tentación de querer medirlo todo. Las sirenas de nuestra Odisea pueden adoptar muchas formas: un cuadro de mando muy amplio, un software que promete automatizar todo el sistema, una encuesta de muchas preguntas. Se trata de una promesa seductora: cuantos más datos tengamos, mejor conoceremos nuestro impacto. Pero, ¿realmente es así?
Más datos no significan automáticamente más conocimiento y más conocimiento tampoco conduce automáticamente a mejores decisiones. Además, medir tiene un coste de recursos, de tiempo y de paciencia de nuestros informantes. Por eso, diseñar un buen sistema de medición implica también renunciar y navegar bien consiste en decidir qué necesitamos saber y qué no.
Bajar al Hades: cuando los datos no dicen lo que esperábamos
Pero seleccionar bien la información tampoco es suficiente. Después, tenemos que estar dispuestos a escuchar lo que nos dice. Odiseo desciende al Hades donde Tiresias le revela verdades incómodas pero necesarias para continuar su viaje. La medición de impacto puede revelarnos efectos negativos, voces críticas o resultados que contradicen nuestras expectativas. Descender al Hades es atreverse a mirar aquello que preferiríamos no encontrar. Puede que una intervención no esté generando el cambio esperado, puede que no funcione para algunos perfiles, puede que aparezcan efectos que no habíamos previsto.
Por ello, un sistema de impacto está bien diseñado cuando nos permite detectar cuándo el cambio no está ocurriendo como esperábamos y entender por qué. Aquí no se trata de celebrar el error, más bien de construir organizaciones capaces de detectarlo, comprenderlo y corregir el rumbo a tiempo.
Volver a Ítaca significa volver diferentes
Recoger información y analizarla todavía no garantiza que hayamos tenido aprendizaje significativo. La gestión del impacto empieza cuando utilizamos la evidencia para preguntarnos qué debemos mantener, qué tenemos que modificar y qué quizá deberíamos dejar de hacer. Por eso, la medición necesita espacios abiertos de conversación y aprendizaje y no debería recaer únicamente en la persona que gestiona una hoja de cálculo o elabora un informe.
Los resultados tienen que volver al equipo y, cuando sea posible, también a las personas y grupos implicados en el cambio. Si aspiramos a transformar colectivamente la realidad, también necesitamos asumir colectivamente la responsabilidad de preguntarnos qué está funcionando, qué no y qué queremos cambiar. Los obstáculos, los resultados inesperados y las contradicciones que aparecen durante el proceso pueden convertirse así en el punto de partida de un cambio consciente.
Odiseo vuelve finalmente a Ítaca después de haber sido transformado por el viaje y su regreso tiene sentido precisamente porque quien vuelve no es exactamente quien partió. Lo mismo ocurre con una organización: si atraviesa todo un proceso de medición y termina tomando las mismas decisiones que habría tomado antes, quizá tampoco haya completado del todo el viaje.
No podemos controlar el mar
Hay todavía una última lección de la Odisea especialmente relevante. Podemos decidir a qué Ítaca queremos llegar pero no podemos saber de antemano qué mar encontraremos. Las organizaciones de la ESS intervienen en realidades complejas donde existen otros actores, factores y acontecimientos que influyen sobre los resultados. Por eso nos gusta pensar en la medición más como una brújula que como un GPS; no puede prometernos una ruta exacta, pero sí ayudarnos a detectar cuándo nos estamos desviando y decidir cómo corregir el rumbo.
La medición de impacto no mejora el mundo por sí sola. Pero si aspiramos a construir una economía más justa basada en la cooperación, la confianza y el conocimiento compartido, necesitamos organizaciones capaces de mirarse a sí mismas, cuestionar sus propias hipótesis y cambiar cuando la evidencia así lo aconseja. Ítaca es nuestro horizonte y la medición de impacto nos ayuda a no perder el rumbo hacia ella en este largo viaje de la gestión organizacional. Quizá por eso seguimos volviendo a Homero, para recordar que no siempre podemos elegir las condiciones del mar, pero sí podemos aprender a navegar mejor.

