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La movilidad se ha convertido en uno de los grandes desafíos para el futuro de los territorios rurales. Más allá de los desplazamientos, condiciona el acceso al empleo, la educación, la sanidad o la participación en la vida comunitaria. En un contexto marcado por la despoblación y el envejecimiento, repensar cómo nos movemos es también repensar cómo garantizamos la igualdad de oportunidades y la cohesión territorial.

Para profundizar en esta cuestión conversamos con Patxi Miranda, especialista en movilidad sostenible, impulsor de iniciativas de innovación social vinculadas al territorio y fundador de proyectos como Kudea Go y la Escuela de Movilidad Sostenible. Su trabajo se centra en diseñar soluciones participativas que conecten movilidad, comunidad y desarrollo local desde una perspectiva práctica y transformadora.

En esta entrevista reflexionamos sobre los retos estructurales de la movilidad rural, el potencial del coche compartido, el papel de las administraciones locales, la importancia de la participación ciudadana y las oportunidades que ofrece la Economía Social para construir modelos de movilidad más accesibles, sostenibles y arraigados al territorio.


E.C. La movilidad en el medio rural suele abordarse como una cuestión de transporte, pero en realidad afecta a muchos más ámbitos. ¿Cómo impacta la falta de soluciones de movilidad en el desarrollo económico y social de los territorios?

P.M. La falta de movilidad en el medio rural limita directamente la vida de las personas. No es solo que cueste desplazarse, es que condiciona decisiones básicas como trabajar, estudiar o acceder a servicios. Cuando todo depende del coche, quien no lo tiene se queda fuera.

Eso reduce actividad económica, vacía los pueblos y genera dependencia. La Economía Social puede cambiar esto porque permite construir soluciones desde el propio territorio, con lógica de servicio y no solo de rentabilidad, aprovechando recursos existentes y activando a la comunidad.

E.C. ¿Cuáles consideras que son las principales ineficiencias estructurales del actual modelo de movilidad rural y qué oportunidades de innovación detectas?

P.M. El modelo actual está desajustado de la realidad. Hay servicios rígidos, horarios que no encajan con la vida de la gente y una falta total de información clara. Al mismo tiempo, la mayoría de los desplazamientos se hacen en coche con una sola persona.

Esa combinación genera ineficiencia por todos lados. La oportunidad está en conectar y poner en valor lo que ya existe, hacer el sistema entendible, más eficaz y activar el coche compartido a escala local, donde realmente tiene sentido.

E.C. Habéis impulsado iniciativas como Kudea Go para mejorar la movilidad en entornos rurales. ¿En qué consiste este modelo y cómo se articula la colaboración con los territorios?

P.M. Kudea Go es una herramienta que pone en valor todos los servicios de movilidad existentes en las zonas donde se implementa y, al mismo tiempo, permite que las personas de esas localidades y comarcas se pongan en contacto para compartir coche.

Pero lo importante no es la herramienta, sino el proceso: trabajar con los ayuntamientos, entender cómo se mueve la gente y construir soluciones con ellos. Sin ese trabajo previo no se genera impacto.

E.C. Uno de los elementos que suele pasar desapercibido es el papel de las infraestructuras. ¿Qué importancia tiene su diseño en el uso real de los servicios de movilidad?

P.M. Necesitamos servicios de movilidad predecibles, porque eso hace que las personas apuesten por utilizarlos en su día a día. Hoy en muchos pueblos esto no ocurre, lo que convierte estos servicios en opciones ocasionales o utilizadas únicamente por falta de alternativas. Solo el 3 % de la población rural usa el transporte público.

El diseño influye directamente en el uso. Muchas paradas rurales transmiten abandono y eso hace que la gente no confíe en el servicio. Cuando introduces iluminación, información en tiempo real o servicios útiles, cambia la percepción. La infraestructura deja de ser un elemento pasivo y pasa a formar parte activa del sistema. Eso influye en los hábitos mucho más de lo que parece.

E.C. La movilidad compartida exige también nuevas formas de organización colectiva. ¿Qué modelos de gobernanza consideras más adecuados para este tipo de iniciativas?

P.M. Las soluciones no pueden depender solo de operadores externos. Necesitan implicación local. El ayuntamiento debe liderar, pero con participación real de la ciudadanía y del tejido local. No se trata de consultar, sino de construir juntos. Cuando la gente siente que forma parte del proyecto, el sistema tiene muchas más posibilidades de sostenerse en el tiempo.

E.C. Compartir coche sigue siendo un cambio cultural importante para muchas personas. ¿Cómo conseguís que alguien que nunca lo ha hecho se anime a dar ese primer paso?

P.M. Al final compartes coche con tus vecinos y vecinas, con personas que realizan trayectos cotidianos muy similares a los tuyos. No depende tanto de la tecnología como de la confianza y de la proximidad. La gente comparte más fácilmente cuando existe cercanía, cuando conoce a la otra persona o cuando el contexto es local. Es un proceso progresivo, no inmediato.

E.C. ¿Cómo lográis que la ciudadanía participe realmente en la toma de decisiones y sienta el proyecto como algo propio?

P.M. Involucrando a la gente desde el principio y trabajando en los espacios donde realmente desarrolla su vida cotidiana. No basta con organizar reuniones formales. Hay que estar presentes en el territorio y tomar decisiones que tengan consecuencias visibles para las personas.

E.C. Impulsar cambios de hábitos nunca es sencillo. ¿Cómo mantenéis viva la motivación de quienes participan en estas iniciativas?

P.M. Estamos pidiendo a las personas que modifiquen hábitos muy arraigados, y eso requiere tiempo. La motivación se mantiene cuando el proyecto demuestra su utilidad en la vida cotidiana. Cuando las personas perciben beneficios reales, la implicación llega de forma natural.

E.C. ¿Habéis observado que estas experiencias generen otras formas de colaboración más allá de la movilidad?

P.M. Sí. Cuando se activa la movilidad compartida, las relaciones entre vecinos se fortalecen y también surgen nuevas conexiones. Las personas se conocen más, aumenta la confianza y eso contribuye a crear comunidades más cohesionadas.

A partir de ahí pueden surgir otras colaboraciones e iniciativas orientadas al bien común. La movilidad, en muchos casos, es solo el punto de partida.

E.C. Para finalizar, ¿cómo puede la movilidad rural contribuir simultáneamente a la sostenibilidad ambiental y al desarrollo económico de los territorios?

P.M. La movilidad rural puede reducir emisiones si se organiza mejor, no únicamente si se electrifica. Compartir trayectos, evitar desplazamientos innecesarios y mejorar el acceso a servicios tiene unimpacto ambiental directo. Pero además abre oportunidades económicas vinculadas al territorio, favoreciendo la creación de nuevos servicios y actividades locales que hoy no existen. Una movilidad mejor organizada no solo conecta lugares; también genera oportunidades para las personas que viven en ellos.


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