La Economía Social y Solidaria (ESS) se plantea como una alternativa integral frente al individualismo mercantilista contemporáneo, que ha profundizado desigualdades sociales, precariedad laboral y crisis ambientales. A través de un enfoque analítico-documental, este artículo examina los orígenes históricos de la ESS, sus fundamentos teóricos y principios éticos, destacando su capacidad para responder a los desafíos globales actuales. Se argumenta que la ESS no es una propuesta marginal, sino una racionalidad económica y política que coloca en el centro a las personas, las comunidades y el planeta. Asimismo, se evidencia que la ESS constituye un proyecto civilizatorio capaz de democratizar la economía, fortalecer el tejido social y promover una transición ecológica justa.
Introducción
El mundo contemporáneo enfrenta una serie de crisis interconectadas que ponen en entredicho la sostenibilidad del modelo económico dominante. La desigualdad social, la precariedad laboral, la degradación ambiental y la concentración desproporcionada de la riqueza son síntomas de un paradigma mercantilista que, heredero del capitalismo industrial, ha privilegiado la acumulación de capital y la rentabilidad sobre la dignidad humana y el bienestar colectivo. Este modelo ha configurado una racionalidad económica centrada en el individualismo, la competencia desregulada y el consumo masivo, debilitando los vínculos comunitarios y generando exclusión sistémica.
Desde la Primera Revolución Industrial, la mecanización y la producción industrial transformaron radicalmente las estructuras económicas y sociales, desplazando formas de trabajo artesanal y agrario, y consolidando un sistema que marginó a amplios sectores de la población. En este contexto surgieron respuestas colectivas como mutuales, asociaciones obreras y cooperativas, que dieron origen a la Economía Social y Solidaria (ESS). Experiencias emblemáticas como la de los Pioneros de Rochdale en 1844 marcaron el inicio del cooperativismo moderno, estableciendo principios de adhesión voluntaria, control democrático, distribución equitativa de excedentes y compromiso comunitario, que aún hoy guían la ESS.
La ESS, lejos de ser una propuesta marginal, constituye una racionalidad alternativa que se construye desde las bases sociales y que articula dimensiones económicas, sociales, ambientales y políticas. Su carácter plural y diverso se nutre tanto de luchas obreras como de saberes ancestrales y epistemologías del Sur, reivindicando prácticas históricamente subalternizadas y proponiendo una economía con rostro humano. Autores como Coraggio, Laville, Sousa y Gaiger han destacado que la ESS no es un sector más dentro del sistema, sino un proyecto civilizatorio orientado a la reproducción ampliada de la vida, a la democratización de la economía y a la redistribución del poder.
En el plano institucional, la ESS ha sido reconocida por organismos internacionales como la Asamblea General de las Naciones Unidas, que en su resolución A/RES/77/281 (2023) la define como un modelo económico guiado por principios de cooperación, solidaridad, ética y gobernanza democrática. En Costa Rica, tanto el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social como el Programa de Economía Social Solidaria de la Universidad de Costa Rica han aportado definiciones que resaltan su carácter comunitario y su capacidad para responder a necesidades colectivas mediante prácticas democráticas y solidarias.
Los principios de la ESS —equidad, trabajo digno, sostenibilidad ambiental, cooperación, compromiso con el entorno y ausencia de fines lucrativos— no son meras declaraciones abstractas, sino herramientas prácticas que orientan la acción cotidiana de organizaciones y comunidades. Estos principios permiten construir alternativas concretas frente a las lógicas de exclusión y acumulación propias del modelo mercantilista, ofreciendo una economía que prioriza la vida sobre el capital.
En este escenario, la ESS se presenta como una alternativa integral y transformadora frente al individualismo mercantilista contemporáneo. No se trata únicamente de corregir las fallas del mercado, sino de replantear el sentido mismo de la economía, orientándola hacia la justicia social, la sostenibilidad ambiental y la participación democrática. Este artículo propone una mirada holística sobre la ESS, explorando sus orígenes históricos, fundamentos teóricos y principios éticos, para demostrar que constituye una vía concreta y viable hacia un futuro más justo, inclusivo y sostenible, en el que la economía esté al servicio de la vida y no al revés.
Inicialmente, se debe decir que no es posible abordar la ESS sin antes comprender los profundos cambios históricos que propiciaron su surgimiento. Para ello, es necesario entender que su origen proviene, por su naturaleza, del asociacionismo obrero; además de remontarse a mediados del siglo XVIII e inicios del XIX, cuando el mundo occidental experimentó una reinfraestructura radical en su estructura económico-productiva, acompañada de una profunda reconfiguración del comportamiento social. Este proceso, conocido como la Primera Revolución Industrial, marcó el inicio de una nueva era caracterizada por la mecanización masiva y la producción industrial, desplazando progresivamente el trabajo agrario y artesanal que había predominado durante siglos.
Sobre ello es importante precisar que la Primera Revolución Industrial no solo trajo consigo avances tecnológicos sin precedentes, sino que también acentuó las desigualdades económicas y sociales de la época. Como señala Villas (2012, p. 43), uno de los cambios más significativos fue el paso de la manufactura artesanal a la producción industrializada, lo que alteró profundamente la estructura económica. Este nuevo modelo dejó en desventaja a amplios sectores de la población que, por falta de capital o condiciones laborales adecuadas, no podían competir en igualdad de condiciones dentro del nuevo sistema productivo. La concentración de los medios de producción en manos de unos pocos y la creciente mercantilización de la vida cotidiana generaron un entorno de exclusión y precariedad para las clases trabajadoras.
Entonces, en medio de las profundas transformaciones sociales y económicas provocadas por la ya citada Revolución Industrial, comenzaron a surgir respuestas colectivas por parte de los sectores más afectados. Las condiciones laborales precarias, los bajos salarios y la creciente desigualdad impulsaron a trabajadores y comunidades a organizarse de manera autónoma. En este contexto surgieron las primeras formas de cooperación económica, como las mutuales, las asociaciones obreras y las cooperativas. Estas expresiones organizativas, según Solà i Gussinyer (2003, p. 175), echaron raíces en Europa y América Latina desde mediados del siglo XIX, constituyéndose en modalidades asociativas que respondían a las necesidades de previsión social y ayuda mutua de los trabajadores.
En este mismo contexto histórico, resulta imprescindible mencionar la experiencia inglesa de los Pioneros de Rochdale (1844), considerada como el hito fundacional del cooperativismo moderno. Un grupo de 28 trabajadores textiles, afectados por las duras condiciones de la Revolución Industrial, fundó la Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale en Lancashire, Inglaterra, con el objetivo de garantizar un consumo justo y accesible para sus miembros. Como señalan diversos autores, esta iniciativa se convirtió en el prototipo de las cooperativas modernas, al establecer principios que aún hoy guían la Economía Social y Solidaria: adhesión voluntaria, control democrático, distribución equitativa de excedentes, educación cooperativa y compromiso con la comunidad.
Según Pérez (2017 p. 1), la cooperativa de Rochdale se distingue, con su axiología, como el origen del cooperativismo, pues sus estatutos y principios marcaron un modelo replicable en todo el mundo. De igual manera, la literatura cooperativa reconoce que, aunque existieron experiencias previas en Europa, la de Rochdale fue la primera en consolidar un sistema estable y sostenible, demostrando que la organización colectiva podía ser una alternativa viable frente al individualismo mercantilista.
La trascendencia de Rochdale radica en que sus principios se difundieron rápidamente por Europa y América Latina, inspirando la creación de cooperativas de consumo, producción y crédito. Como destaca la Secretaría de Extensión de la UNICEN (2017), “allí nació un movimiento que alimentó la creación de entidades sociales y económicas más justas y democráticas en todo el mundo”. Esta experiencia evidencia que la ESS no surge únicamente como reacción coyuntural, sino como una respuesta estructural y ética frente a las desigualdades del capitalismo industrial.

Estas iniciativas buscaban no solo mejorar las condiciones de vida, sino también construir alternativas al modelo capitalista emergente. Y son justamente esas nuevas expresiones de solidaridad compartida las que fecundan la ESS. En ellas se gestan principios que, con el tiempo, se consolidan como pilares de una propuesta económica distinta, centrada en la cooperación, la equidad y la sostenibilidad. Entonces, comprendiendo la naturaleza histórica de este modelo, no tan nuevo, de organización económica y social, veamos algunos postulados teóricos que la perfilan.
En este sentido, el análisis de la ESS no puede reducirse a una revisión superficial de sus prácticas organizativas, sino que requiere una comprensión integral de sus fundamentos históricos, teóricos y éticos. Solo a través de esta mirada holística es posible dimensionar su verdadero alcance como alternativa estructural frente a las lógicas excluyentes y fragmentadoras del sistema económico dominante. A partir de esta base, se propone un recorrido por los principales enfoques teóricos que han configurado la ESS, seguido de una exposición de sus principios fundamentales y, finalmente, una reflexión crítica sobre su potencial transformador frente al individualismo mercantilista contemporáneo.
- Recorrido teórico de la Economía Social y Solidaria
Luego de haber apuntado de forma inicial en la Primera Revolución Industrial como el proceso que permitió la inclusión de la ESS en nuestro vocabulario, es propio hacer ese recorrido teórico sobre las definiciones y apreciaciones que se han hecho al respecto del modelo. Para ello, primeramente, de forma institucional hay que hablar de la Asamblea General de las Naciones Unidas (2023), que ha perfilado de forma teórica una definición oficial de la ESS en su resolución A/RES/77/281, adoptada en abril de 2023. En ella sostiene que,
“La economía social y solidaria es un modelo económico que abarca empresas, organizaciones y otras entidades que, independientemente de su forma jurídica, producen bienes, prestan servicios y venden productos con fines primordialmente sociales y medioambientales, y que se guían por principios y prácticas de cooperación, solidaridad, ética, responsabilidad social y gobernanza democrática y participativa.”
Por otra parte, el Grupo de Trabajo Interinstitucional de las Naciones Unidas sobre ESS (2014, p. xi) menciona en el documento La Economía Social y Solidaria y el reto del desarrollo sostenible; que,
“La ESS es un enfoque económico que favorece la descentralización y el desarrollo local y está dirigido por valores éticos como la solidaridad, el comercio justo, la simplicidad voluntaria y el Buen Vivir. […] La esfera económica de la ESS proporciona oportunidades como creación de empleo, acceso a los mercados, suministro de intermediación financiera y economías de escala. […] La esfera medioambiental promueve la justicia medioambiental y aspira a garantizar que la actividad económica mejora en lugar de mermar el capital natural.”
Por otro lado, otras definiciones institucionales son las que proponen el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) de Costa Rica, así como el Programa de Economía Social Solidaria (PROESS) de la Universidad de Costa Rica (UCR). En cuanto al MTSS, este propone que la ESS es un conjunto de actividades económicas y empresariales realizadas en el ámbito privado por diversas entidades y organizaciones, para satisfacer el interés colectivo de las personas que las integran y el interés general económico social de los territorios donde se ubican (Decreto Ejecutivo N° 39089-MP-MTSS 2015). Una definición más académica es la del PROESS, que menciona que la ESS reúne prácticas económicas originadas en las experiencias comunitarias de distintos pueblos del mundo, fundamentadas en principios de solidaridad, equidad, cooperación y búsqueda del bien común. Estas dinámicas se desarrollan mediante asociaciones libres y procesos de participación democrática, en los que las personas impulsan colectivamente iniciativas de producción, distribución y consumo de bienes y servicios (PROESS, s.f.).
En este sentido, tanto la Organización de las Naciones Unidas, el Grupo de Trabajo Interinstitucional de las Naciones Unidas sobre ESS como las demás instituciones ofrecen una visión integral de la ESS, destacando su carácter holístico y su anclaje en valores éticos que contrastan con las lógicas del mercado capitalista. En ella se evidencia que la ESS no es simplemente una forma alternativa de organización económica, sino una propuesta estructural que articula dimensiones económicas, sociales, medioambientales y emancipadoras. Esta perspectiva resulta especialmente relevante si se considera el contexto histórico de su emergencia: un sistema económico global que, desde la Revolución Industrial, ha privilegiado la acumulación de capital por encima del bienestar colectivo.
En cuanto a las aproximaciones teóricas de carne y hueso, de forma introductoria Duque, Meza, Giraldo y Barreto (2021, p. 2), en su artículo Economía Social y Economía Solidaria: un análisis bibliométrico y revisión de literatura, sostienen que la ESS representa “un modelo económico alternativo y en constante evolución, orientado a generar beneficios con criterios de impacto social, abordando problemáticas como la desigualdad, la democratización de los recursos y la primacía en las personas antes que el capital”. Esta definición subraya el carácter transformador de la ESS, que no solo busca mitigar los efectos del sistema económico dominante, sino construir nuevas formas de organización económica centradas en el bienestar colectivo.
Mientras tanto, Abad Montesinos y Abad Montesinos (2014, p. 18), en su artículo La economía social y solidaria como alternativa económica: bienes comunes y democracia, sostienen que la ESS se configura como una alternativa estructural frente a las lógicas excluyentes del sistema económico dominante, al proponer formas de organización centradas en la cooperación, la equidad y la sostenibilidad. Esta visión permite entender que la ESS no es una simple reacción coyuntural, sino una propuesta con fundamentos éticos y políticos que busca reorientar el sentido de la economía hacia el bienestar colectivo. En este marco, la ESS se presenta como una economía con rostro humano, que pone en el centro a las personas y no al capital.
Siguiendo conceptualmente las ideas anteriores, Coraggio (2011, p. 25), en su obra Economía social y solidaria: el trabajo antes que el capital, profundiza esta idea al afirmar que la ESS constituye un campo de prácticas sociales orientadas a la reproducción ampliada de la vida, y no a la acumulación de ganancias. Desde su perspectiva, la ESS no es un sector más dentro del sistema económico, sino una racionalidad alternativa que se construye desde las bases sociales. Esta lectura permite comprender que la ESS no solo responde a necesidades materiales, sino que también expresa una voluntad política de transformación social, en la que el trabajo y la comunidad adquieren un papel central.
Es también propio de este momento hablar de Laville (2004, p. 32), que en su artículo La economía solidaria: un enfoque internacional, introduce el concepto de economía plural para referirse a la coexistencia de múltiples formas de producción, distribución y consumo que no se rigen exclusivamente por la lógica del mercado. En este sentido, la ESS se inscribe en una economía más amplia, donde conviven distintas racionalidades económicas. Esta perspectiva resulta clave para descentrar la mirada del mercado como única forma legítima de organización económica, y para reconocer la diversidad de prácticas que sostienen la vida en comunidad.
No tan lejos, desde una mirada latinoamericana, Mideros Mora (2020, p. 6), en su artículo Economía Popular y Solidaria: orígenes y perspectivas, plantea que la ESS se nutre de valores ancestrales como la reciprocidad, la solidaridad y el cuidado del entorno, presentes en las formas comunitarias de vida de los pueblos originarios. Esta afirmación permite reconocer que la ESS no es una invención moderna, sino una resignificación de prácticas históricas que han resistido a la lógica mercantil. En este contexto, la ESS se convierte en una herramienta para la descolonización del pensamiento económico y para la revalorización de saberes subalternos.
Otros autores han sido Manríquez, Martínez y Colín (2017, pp. 11-15), que en su artículo Reflexiones en torno a la economía solidaria: una revisión de la literatura, destacan que la ESS debe ser comprendida como una economía sustantiva y plural, en la que convergen diversas tradiciones culturales, históricas y lingüísticas. Esta pluralidad, lejos de ser una debilidad, constituye una de sus principales fortalezas, al permitirle adaptarse a contextos diversos y responder a necesidades concretas desde una lógica de inclusión y participación democrática. La ESS, en este sentido, no impone un modelo único, sino que se construye desde la diversidad. Además mencionan que la economía solidaria no será posible sin que las personas participen de maneras profundamente democráticas y que actúen entre ellas para crear el mundo en el que quieren vivir. Esta visión enfatiza la dimensión participativa y ética de la ESS como una construcción colectiva orientada al bien común.
Dentro de la revisión literaria también encontramos a Sousa (2006, p. 19), el que en su obra La sociología de las ausencias, sostiene que la ESS forma parte de las epistemologías del Sur, al representar formas de conocimiento y organización económica que han sido sistemáticamente ignoradas por la racionalidad occidental moderna. Desde esta perspectiva, la ESS no solo propone una alternativa económica, sino también una ruptura epistemológica que reivindica saberes y prácticas históricamente subalternizadas. Esta lectura permite situar la ESS como parte de un proyecto más amplio de justicia cognitiva y social.
Finalmente, Gaiger (2006, p. 41), en su artículo La economía solidaria en movimiento: una perspectiva internacional, subraya que la ESS se caracteriza por su capacidad de articular economía y ciudadanía, al promover formas de participación directa en la gestión de los recursos y en la toma de decisiones colectivas. Esta articulación entre lo económico y lo político refuerza el carácter transformador de la ESS, al proponer una democratización real de la economía desde las bases sociales. En este sentido, la ESS no solo busca redistribuir recursos, sino también redistribuir poder.
Ahora bien, si bien podría parecer redundante proponer una nueva definición, se considera pertinente formular una conceptualización propia que sintetice los elementos revisados. Es por ello que, luego de pasar los ojos por una revisión bibliográfica de la ESS, se propone que la Economía Social y Solidaria (ESS) es un modelo privado de organización económica, social y, por lo tanto, política, que constituye, por su naturaleza, una respuesta confrontativa al modelo económico tradicional, basado en una tónica mercantilista de individualismo e indiferencia social, alentador del consumo masivo e irresponsable y agravador de los problemas medioambientales. La ESS suscribe, por tanto, una salida solidaria, sin fines de lucro —pero tampoco de pérdida—, democrática y cooperativista, frente a las brechas sociolaborales, socioeconómicas y medioambientales.
- Principios de la Economía Social y Solidaria
Los principios de la ESS han sido formulados y desarrollados por diversos autores e instituciones como base ética y organizativa de este modelo. En este apartado, entonces, en lugar de recopilar algunas de estas definiciones, se presentan los consensuados en la Carta de la Economía Solidaria, con el objetivo de mostrar de manera algo universal cómo se estructuran los valores que orientan la ESS en su práctica y teoría. La Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria (2011) ha definido en la Carta de la Economía Solidaria una serie de 6 principios básicos de la ESS.
Figura 1. Principios de la Economía Social y Solidaria

Fuente: Elaboración propia (2025) con base en la Carta de la Economía Solidaria (REAS, 2011).
Sobre estos principios básicos se puede definir lo siguiente:
- Equidad: Promueve relaciones justas y equilibradas entre las personas, reconociendo su dignidad y diversidad, y rechazando cualquier forma de dominación o discriminación por razones de género, origen, edad, capacidad u otras condiciones.
- Principio de Trabajo: Valora el trabajo como una actividad esencial para la vida digna, no solo como medio de subsistencia, sino como fuente de desarrollo personal, colectivo y comunitario, priorizando su sentido humano y social sobre el lucro.
- Sostenibilidad ambiental: Defiende una relación armónica con la naturaleza, promoviendo prácticas económicas que respeten los límites del planeta y aseguren el bienestar de las generaciones presentes y futuras.
- Cooperación: Fomenta la colaboración y el apoyo mutuo entre personas y organizaciones, en contraposición a la competencia individualista, fortaleciendo redes solidarias y estructuras democráticas.
- Sin fines de lucro: Aunque busca la viabilidad económica, la ESS no persigue la acumulación de capital, sino el bienestar colectivo, reinvirtiendo los excedentes en los propios fines sociales y comunitarios.
- Compromiso con el entorno: Impulsa la participación activa en el desarrollo local y comunitario, promoviendo iniciativas que respondan a las necesidades reales del territorio y fortalezcan el tejido social.
Estos principios no deben entenderse como simples declaraciones abstractas o aspiraciones idealistas, sino como herramientas prácticas y operativas que orientan la acción cotidiana de personas, organizaciones y comunidades comprometidas con una economía centrada en el bienestar colectivo. Su valor reside precisamente en su aplicabilidad: son principios que se traducen en decisiones concretas, en formas de organización, en modos de producción y consumo, y en relaciones sociales que buscan romper con las lógicas de exclusión, competencia y acumulación propias del modelo económico dominante.
La equidad, el trabajo digno, la sostenibilidad ambiental, la cooperación, el compromiso con el entorno y la ausencia de fines lucrativos no son solo valores deseables, sino condiciones estructurales necesarias para transformar las relaciones económicas actuales. Cada uno de estos principios interpela directamente las prácticas económicas convencionales, proponiendo en su lugar una economía que prioriza a las personas, la comunidad y el planeta. En este sentido, la ESS no se limita a ofrecer una alternativa técnica o sectorial, sino que plantea una reconfiguración profunda del sentido mismo de la economía.
Así, la ESS no solo propone otra forma de producir y consumir, sino también otra forma de vivir y convivir, basada en la solidaridad, la corresponsabilidad y la justicia social. Es una invitación a repensar nuestras prioridades colectivas y a construir, desde lo cotidiano, un modelo económico más humano, inclusivo y sostenible. En este marco, los principios de la ESS no son un punto de llegada, sino un horizonte ético que guía la transformación social desde abajo y con las personas como protagonistas.
- Alternativa al individualismo mercantilista contemporáneo
El individualismo mercantilista contemporáneo ha consolidado un modelo económico centrado en la acumulación de capital, la competencia desregulada y la maximización del beneficio individual. Esta lógica ha erosionado los vínculos comunitarios, debilitado la solidaridad social y profundizado las desigualdades estructurales en una sociedad cada vez más individualista, ausente e indiferente a lo compartido. En lugar de garantizar el bienestar colectivo, ha priorizado la rentabilidad, incluso a costa de la dignidad humana y la sostenibilidad del planeta.
Las consecuencias de este paradigma son evidentes en los datos más recientes. En junio de 2025, el Banco Mundial actualizó la línea internacional de pobreza a 3 dólares por persona al día, reflejando el aumento del costo de vida global y la necesidad de ajustar los parámetros de medición de la pobreza extrema. Esta nueva línea, basada en las paridades del poder adquisitivo de 2021, revela que más de 700 millones de personas en el mundo siguen viviendo en condiciones de pobreza extrema (Banco Mundial, 2025).
En América Latina, la informalidad laboral continúa afectando a más del 50% de la población económicamente activa, lo que implica que millones de personas trabajan sin acceso a seguridad social, protección legal o condiciones laborales dignas. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo (2025), la recuperación del empleo tras la pandemia del COVID-19 ha sido insuficiente para revertir las tendencias estructurales de precariedad y desigualdad.
A nivel ambiental, el calentamiento global se sigue intensificando. El año 2024 fue uno de los más calurosos jamás registrados, con olas de calor, incendios forestales y fenómenos climáticos extremos que afectaron a millones de personas en todo el mundo. Esta crisis climática está íntimamente ligada al modelo económico dominante, que promueve un consumo desmedido, una producción extractivista y una lógica de crecimiento infinito en un planeta finito (Banco Mundial, 2024).

La injusticia social también se manifiesta en la creciente concentración de la riqueza. Según el mismo informe del Banco Mundial (2025), el 1% más rico del planeta posee más del 45% de la riqueza global, mientras que miles de millones de personas luchan por sobrevivir con ingresos insuficientes. Esta brecha no solo es económica, sino también política y cultural, debilitando la democracia y alimentando el descontento social.
Frente a este panorama, la ESS se presenta como una alternativa integral y transformadora. No se trata de una simple corrección del sistema, sino de una propuesta estructural y sistémica que pone en el centro a las personas, las comunidades y el planeta. La ESS promueve relaciones económicas basadas en la cooperación, la equidad, la sostenibilidad y la participación democrática, desafiando directamente la lógica del individualismo mercantilista.
La ESS no es una utopía lejana, sino una realidad en expansión. En todo el mundo, millones de personas participan en cooperativas, mutuales, asociaciones y empresas sociales que demuestran que otra economía es posible. Estas iniciativas generan empleo digno, promueven las finanzas éticas y el comercio justo, fortalecen el tejido social y promueven una transición ecológica justa. Además, rescatan saberes ancestrales y prácticas comunitarias que han sido históricamente marginadas por la racionalidad occidental moderna, como lo plantea Sousa (2006) al referirse a las epistemologías del Sur.
Desde la perspectiva de Coraggio (2011), la ESS no es un sector más dentro del sistema económico, sino una racionalidad alternativa que se construye desde las bases sociales, orientada a la reproducción ampliada de la vida y no a la acumulación de ganancias. Esta visión implica una ruptura epistemológica y ética con el paradigma dominante, y una apuesta por una economía con rostro humano.
En este contexto, la solución a estas crisis no puede ser individual ni competitiva, sino que debe construirse colectivamente, desde una perspectiva solidaria y profundamente ética. La ESS no solo ofrece respuestas prácticas a los desafíos actuales, sino que también nos invita a imaginar y construir un futuro donde la economía esté al servicio de la vida, y no al revés. Es una invitación a repensar nuestras prioridades colectivas y a construir, desde lo cotidiano, un modelo económico más humano, inclusivo y sostenible.
Metodología
Este trabajo se desarrolló a partir de un enfoque analítico-documental, tal como lo describen Hernández, Fernández y Baptista en su obra Metodología de la investigación (2014). Este tipo de investigación permite explorar y comprender fenómenos sociales a través del estudio de fuentes escritas, facilitando un análisis profundo de ideas, conceptos y propuestas ya existentes.
En este caso, se recurrió a textos académicos, documentos institucionales y marcos normativos relacionados con la Economía Social y Solidaria. La intención fue identificar, comparar y reflexionar sobre los principios que la sustentan, no solo desde una perspectiva teórica, sino también como una guía práctica para la transformación social. Esta metodología permitió construir una mirada crítica y fundamentada sobre el tema, a partir de la riqueza del pensamiento colectivo ya producido.
Conclusiones
La Economía Social y Solidaria (ESS) se presenta como una alternativa integral, ética y transformadora frente al individualismo mercantilista que ha dominado la organización económica global durante los últimos siglos. A diferencia del paradigma hegemónico, que ha priorizado la competencia, la acumulación de capital y la maximización del beneficio individual, la ESS coloca en el centro a las personas, las comunidades y el planeta. Sus principios de equidad, cooperación, sostenibilidad ambiental, compromiso con el entorno y ausencia de fines lucrativos constituyen no solo valores deseables, sino condiciones estructurales para reorientar la economía hacia la reproducción ampliada de la vida.
El análisis histórico demuestra que la ESS no es una invención reciente ni una reacción coyuntural, sino una racionalidad económica con raíces profundas en las luchas obreras y comunitarias desde la Revolución Industrial. Experiencias como la de los Pioneros de Rochdale y las múltiples formas de asociacionismo popular en Europa y América Latina evidencian que la organización colectiva ha sido, históricamente, una respuesta estructural frente a la exclusión y la precariedad. Hoy, esas prácticas se resignifican en cooperativas, mutuales, asociaciones y empresas sociales que, en distintos territorios, generan empleo digno, fortalecen el tejido social y promueven transiciones ecológicas justas.