Hay experiencias que no se quedan en la memoria como un simple evento, sino como un punto de inflexión. Para mí, el II Encuentro Iberoamericano de Jóvenes Líderes de la Economía Social y Solidaria, celebrado en Comayagua, fue exactamente eso. Representar a Cuba, junto a alrededor de 150 jóvenes de 17 países, no fue solo un honor: fue una confirmación de que la economía social tiene una fuerza renovadora cuando la juventud decide tomarse en serio su papel histórico.
El encuentro comenzó con una charla inaugural de la Juventud de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), que marcó el tono: las cooperativas no son estructuras del pasado, sino herramientas del presente y del futuro. A partir de ahí, nos organizamos en tres grandes ejes de trabajo: Educación; Ambiente, Finanzas e Incidencia Política. Cada día abordábamos dos de ellos, con exposiciones a cargo de jóvenes cooperativistas, académicos y representantes del sector de las finanzas éticas.
Entre las dinámicas más enriquecedoras estuvieron las CharlasCoop, espacios ágiles de intercambio de experiencias reales; el mapeo de ecosistemas económicos y sociales de Iberoamérica, donde identificamos fortalezas, vacíos y oportunidades de articulación; y, finalmente, un hackathon que nos retó a imaginar soluciones concretas a los diagnósticos previamente construidos.
De ese ejercicio surgieron propuestas vinculadas a la digitalización de procesos, el uso de tecnologías para mejorar la gestión y la transparencia, pero también estrategias más humanas: cómo fortalecer el vínculo entre las cooperativas y las comunidades en las que están insertas, cómo comunicar mejor lo que hacemos y cómo abrir más espacios reales de participación juvenil.
Mirándolo hoy, con la perspectiva que da un año, me queda claro que más allá de las metodologías, lo más valioso fueron las conversaciones sinceras sobre nuestras realidades. Descubrimos que muchas cooperativas enfrentan problemáticas similares:
- Una lógica cooperativa que a veces no termina de integrar plenamente a la juventud en roles de liderazgo, dirección o consejos de administración.
- Comités juveniles que atienden asuntos “de jóvenes”, pero no necesariamente participan en las decisiones estratégicas de la cooperativa.
- Una brecha generacional evidente, presente en casi todos los países representados.
- El desafío tecnológico: en varias cooperativas centroamericanas, por ejemplo, la implementación reciente de la facturación electrónica no solo implica adaptarse, sino literalmente “enseñar a usar” herramientas digitales a quienes no crecieron con ellas.
También fue revelador entender la importancia de saber qué se está discutiendo a nivel internacional en materia de economía social, regulación, financiamiento e innovación. Conocer las problemáticas de otros sectores nos permitió imaginar cómo colaborar desde el ámbito cooperativo en su posible solución. No todo está en nuestras manos, pero mucho sí puede empezar desde nuestras redes. Y claro, no todo fue teoría. Es un evento donde se baila mucho, se come rico, se duerme lo justo y necesario y se comparte de manera auténtica. Esa dimensión cultural y humana no es menor: ahí también se construye cooperación. La confianza no nace solo en las mesas de trabajo, sino en los pasillos, en las risas y en los intercambios informales.
Hoy, un año después, muchos de los jóvenes que coincidimos en Honduras seguimos conectados. Han surgido nuevas ideas, colaboraciones y proyectos. No han desaparecido las dificultades económicas, políticas y sociales que atraviesan nuestras regiones, al contrario, se han acrecentado; pero sí se ha consolidado algo más importante: la convicción de que no estamos solos.
Personalmente, creo que espacios como este deben multiplicarse y fortalecerse. En un mundo atravesado por desigualdades crecientes, crisis ambientales y tensiones sociales, la economía social no puede quedarse como un discurso bonito. Necesita juventud formada, articulada y con capacidad de incidencia. Y eso fue, en esencia, lo que sembró aquel encuentro. Sigo creyendo, y ahora con mucha más fuerza, que, si trabajamos juntos, desde nuestras cooperativas, universidades, comunidades y movimientos, podemos contribuir a construir un mundo más justo y en paz. No es ingenuidad; es compromiso colectivo. Y esa energía, la que sentí allí, sigue más viva que nunca.